lunes, 24 de diciembre de 2007

Chicken run. (2ª parte.)


...La Antonia se asomó por la ventana y un globo de chicle rosado explotó en su boca. Iba vestida con su chaqueta de cuero café y una polera de Hello Kitty, además de usar 2 colitas hechas con dos chapes de colores. Los ojos verdes estaban ocultos por un par de lentes de sol, como los que usan los pilotos.
- así que serás tú- la apuntó con el dedo medio.- y yo.-
La verdad es que yo no tenía por que estar en aquel lugar, pero la posibilidad de experimentar algo tan potencialmente mortal me era irresistible.
Los motores sonaban roncos pero furiosos, y en la radio a algún gracioso se le había ocurrido programar el tema “my favorite game” de los Cardigans. La aguja del contador de revoluciones se volvía loca con cada compás. Anto miró por la ventanilla y observó a su contrincante.
Este le sonrió y le envió un beso a la vez que subía el cristal ahumado y se disponía a empezar. – conchetu...- dijo la Anto, y resopló un mechón de cabello que le caía en la cara. Puso primera y apretó el acelerador. Un gordo en chaleco a rombos se paró frente nosotros. Bebió una cerveza y levantó la botella vacía. Era una Heineken. De pronto, la arrojó al suelo. Y partimos.
Los primeros doscientos metros fuimos parejos. Pero lentamente, el auto azul nos adelantó. Mientras nos sacaba un cuerpo de ventaja, me di cuenta que nuestro motor no estaba a plena potencia. Vi a la Anto morderse los labios, y mirar por el espejo retrovisor. Las luces de los otros vehículos desaparecieron. Estábamos fuera de la vista de todos.
– ahora vas a ver, mierda.- dijo, y aceleró hasta colocarse justo detrás del parachoques trasero del coupé.
- sujétate.- diciendo esto embistió. Íbamos a unos doscientos kilómetros por hora. El Jaguar se estremeció con el impacto, pero el otro auto perdió el control. Las ruedas traseras se levantaron del pavimento mientras el B.M.W. se iba poniendo vertical. Las chispas golpearon el parabrisas al mismo tiempo que nuestro capó se desprendía y aleteaba como una mariposa de metal negro.
Entonces, cuando el coche azul volaba paralelo al cemento a una velocidad vertiginosa, esta se vio reducida violentamente a cero cuando chocó con los árboles del final del camino, para los que el impacto no significo nada más que perder algunas hojas y un movimiento de escasos centímetros de sus raíces centenarias…

C'est la vie.

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