viernes, 28 de diciembre de 2007

El Castillo de ayer. (1ª parte)


Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en un lugar muy muy muy lejano, un castillo.
La gente que habitaba en los alrededores lo conocía como el castillo de ayer. Hacia mucho tiempo que el castillo estaba deshabitado y los únicos que se atrevían a cruzar los enormes y antiguos arcos de la entrada eran los gatos y por eso el lugar había adquirido la fama de estar embrujado. Ya no había grandes bailes ni fiestas que iluminaran sus enormes salones y hacia mucho que la luz de la alegría no brillaba en sus antorchas. El castillo estaba abandonado y a nadie parecía importarle.
Un día, un día particularmente lúgubre en que el cielo se había abierto para descargar su furia sobre la tierra y enormes y brillantes relámpagos se hacían sentir sobre la vetusta construcción, una niña que había ido a buscar a una oveja extraviada se encontró de pronto bajo esta terrible tormenta, sin refugio y lejos de su hogar tratando de esconderse del temible aguacero, corriendo bajo los árboles desnudos, un trueno particularmente potente iluminó el paisaje frente a ella. A pocos metros se alzaba el castillo abandonado, oscuro y tenebroso.
Mojada hasta los huesos y temblando de frío decidió vencer el temor que le inspiraba la tétrica construcción y buscar cobijo en el interior. Se acercó a la enorme puerta de roble y haciendo un gran esfuerzo logro hacer chirriar las oscuras hojas de la puerta hasta lograr el espacio suficiente para escurrirse hacia el interior.
Adentro reinaba la más absoluta oscuridad y el silencio reemplazó a las gotas. La niña tuvo que buscar entre sus ropas una roca con la que golpeando las paredes sacó algunas chispas que encendieron un diminuto fuego. El resplandor era tan tenue que solo alumbraba dos pasos a su alrededor, pero por lo menos había luz.
Acercando su pequeño fuego a una de las viejas antorchas comprobó con alegría que esta aún se encendía. Entonces un maullido profundo como un eco se hizo oír en las tinieblas sordas de la estancia. Abriendo mucho los ojos y con mucho miedo la niña recordó de pronto las temibles historias que se contaban de aquel lugar. Haciendo valor y tragándose el miedo la niña pregunto en voz alta: “¿hola?”. Como una respuesta a su pregunta un leve temblor sacudió el suelo, el aire mismo pareció temblar y el silencio se convirtió en un murmullo oscuro y pesado como una respiración. Sin dar crédito a lo que veía la niña fue testigo de cómo una a una todas las antorchas del lugar se encendían revelando el interior que hasta el momento le estaba oculto...

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Cursi...cierto?


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