lunes, 17 de diciembre de 2007

Ex Inferis. (1ª parte)



Desperté con un horrible dolor de cabeza. La sala bailaba con violencia pero en absoluto silencio. Mierda. Desearía que al menos pudiese escucharme a mi mismo. Pero todo parece sumergido en gelatina de huesos. Las paredes blancas se cierran con espasmos de parto. Soy un aborto que grita y se retuerce entre las sabanas sucias de ayer. La luz del techo se enciende y ahora todo parece de mentira. Las correas de cuero en mis muñecas y en mis tobillos y en mi cintura. Gracias, digo, aúllo, gracias. Una cara amarilla se asoma en la puerta. Parece que me esta hablando. No me importa, no la reconozco. De pronto la piel se funde y se cae con un sonoro plop sobre el piso aséptico del pasillo. Es lo primero que oigo.
Una sonrisa de cal viva sobre piel azulosa. “¿A ver a ver, que pasa? (Nombre irreproducible. Creo que me lo dice a mí.) ¿Pesadillas de nuevo? Tómese esta pastilla... bien, bien, tranquilo. Ya esta despierto.” Y después de eso su bata blanca se rompe y las costillas se le salen como un arpa. La sonrisa se abre y una lengua enorme y azul entra en la habitación, palpando los cartílagos del costado. Un movimiento brusco y arranca las notas del Ave María. ( A veces me han preguntado que qué se siente. Ya sabes, no se bien cómo explicarlo. Es como dormir. ¿No has tenido alguna vez un sueño [pesadilla en realidad] donde te ves a ti mismo desde afuera? Y las cosas pasan a tu alrededor y no puedes hacer nada, ni decir nada. Pero lo sientes todo. Sobre todo el dolor. Porque duele, y mucho...)
Trato de respirar y me doy cuenta que no he dejado de gritar. Entonces entran los Armarios Blancos. Una vez uno me pidió un cigarrillo. Cabrón hipócrita. Me dijo que si necesitaba algo se lo pidiera. Él se encargaría. Le pido que me suelte. Me tira la ceniza en la frente y le dice a su compañero: - ¿no te encanta empezar el día así? Míralo, parece que me quiere decir algo...-grunf- Responde el otro. Los cabellos grasosos se le pegan en la mejilla. Hace calor. Siempre hace calor. Sueltan las correas y a pesar de todo, mi cuerpo se niega a moverse. Ni siquiera puedo cerrar los ojos. Me toman por las axilas y me levantan lentamente. El techo parece caerse y una araña en un rincón, que no se ha movido en toda la semana de pronto desaparece.
Seguro se la comió la cosa que se esconde en las grietas.
La Enfermera termina su sólida interpretación con un fiato agudísimo que rompe mi vaso de agua, lanzando trozos de vidrio por todas partes. Una sombra que pasaba por la puerta cae muerta, con un pedazo enorme enterrado en la garganta. Mi cuerpo despierta, al fin...

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Con tu permiso.

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