martes, 18 de diciembre de 2007

Ex Inferis. (3ª parte)


...El ojo azul claro gira desde el techo y me recorre desde la nuca. Un escalofrío baja por mi espalda al sentir su tacto de pulpo podrido en mi cuello. Su bata se abre y un tentáculo negro se abre paso en mi pecho, y se posa como hielo que quema en mi tetilla izquierda.La Enfermera ha terminado y se nota que lucha por no sufrir espasmos de éxtasis religioso al llegar al amén final. Una pierna la golpea sordamente y después el Doctor se inclina sobre mí, como si quisiera decirme algo al oído. Su boca como cartón de embalaje se rompe al rozar mi oreja, y una caverna hace oír su eco grave: - No sueñes. – me dijo. Fue en latín, pero logre entenderlo. Ahora el Médico se alza y señala la puerta. Los ojos se juntan y bizquean al chocar. Les dice a los Armarios: - llévenlo a la sala de tratamiento.- Y de un saltito baja de la espalda de la Enfermera, que se desliza sobre su vientre y lo acompaña afuera.- ¿Bonito día, no? Parece que hará calor.- Siempre hace calor. Siempre. Mi cuerpo no responde, y los Armarios me cargan como a un bebe paralítico. Alguien olvida mis piernas. No importa. Tal vez no se las roben.( Alguien una vez me ofreció su mano derecha por una lata de coca cola, y al negarme se la comió frente a mi, sonriendo como un idiota.) Sombras, más sombras se cruzan en el largo pasillo. Se esconden detrás de las plantas, bajo las sillas, se pegan como chicles de carne a las ventanas enrejadas. Un tipo me saluda con las cejas, y musita un calma, tranquilo. Lo conozco. Eso es lo único que dice.
El tiempo parece quebrarse en la esquina, formas ajenas a la geometría euclidiana hacen de aquel un laberinto, un mazo de concreto inescrutable y obsceno. Al final, una puerta sin manija. Ruido de llaves y después se abre en silencio grasoso. Oh, sorpresa. El publico aplaude cuando entro en la sala. Algunos incluso llevan pancartas. Leo. “citius, altius, fortius”. Una y otra vez. Alguien ladra, algunos se sientan y allá lejos una silueta pide silencio con un abanico. Se escucha una fanfarria y se apaga la luz. Los asistentes reprimen un grito de júbilo. Una voz inconfundible anuncia al Técnico. Relata sus hazañas y pone énfasis en la casi milagrosa cremación de los mil cerebros. “Esa vez sólo utilicé una lámpara de lava, un destornillador y tres tenedores. ¡Que vista!. Cráneos y cráneos humeantes, y el olor, cosa fina. Gracias a Samsung por los ventiladores.” Esa es su línea de entrada. Una ovación cerrada retumba en la habitación, arrojando cosas al suelo.

La Enfermera
recoge lo que puede, y limpia el cloroformo con el pelo.
El Técnico hace una reverencia que revela su calva, y por fin puedo verlo...

Con tu permiso Balzac.

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