jueves, 20 de diciembre de 2007

Ex Inferis. (6ª parte)

...Convulsiona con tanta fuerza que se oye como sus huesos se rompen con chasquidos blandos. Queda convertida en un charco verdoso de gelatina aullante. Una puerta se abre y emerge la figura del Técnico, con látigos y bisturís en las manos. Ruge:

“¡¡DIOS NO EXISTE!! ¡¡NO PUEDE HACERME RESPONSABLE POR ESTOS IMBECILES!! ¡¡ATRÁS, ATRÁS!!! ¡¡CIENCIA, MATER REGINA!!”
Y al mismo tiempo azota a los pacientes, le sale bilis amarilla por debajo de la mascarilla, hace hogueras con pilas de papeles burocráticos que otorgan poderes plenipotenciarios sobre los cuerpos y las almas, estas últimas marcadas con un asterisco, por si acaso existen. Se abre otra puerta y la cabeza del Doctor se asoma. Parece ligeramente sorprendido. Su ojo oscuro se mueve de un lado al otro, centellea con furia, se pone rojo por un derrame imprevisto. Abre la boca despacio y grita con voz de muerto: “La fe debe pagar impuesto. Aquellos que no tengan previsión absténganse de realizar milagros. Usted, ni piense en seguir arrojando sangre por las manos. No hasta que llene este formulario.” Dice esto y se arroja sobre los suicidas potenciales cubierto de papeles y timbres. Mala idea. Privados de cualquier objeto cortante y sin cinturones, empiezan a tragarse sus lenguas. Uno a uno caen con los rostros azules e hinchados, y el Doctor los mira un segundo, para luego timbrarles los párpados con un sello que dice “expirado”.
Al fin llega el Director, vestido como Fred Astaire, un traje de marinero que le queda apretado, la barba blanca oculta casi todo el rostro. Lleva un rayo de papel metálico en una mano, y un lápiz en la otra. Su voz es como un ferrocarril del siglo pasado. Descarrila a cada momento y chirría en las eses. “¿¿Quién es el responsable de este estropicio??”, brama. El silencio es absoluto e inmediato. Lo único que se sigue escuchando son los huesos rotos de la Enfermera.
Pobre, demasiado para ella.
La mole de carne se abre paso entre los cuerpos rotos, desangrados, hediondos y temblorosos. Los fulmina a todos con la mirada, destroza algunas cabezas con gesto hastiado. Y al fondo de la sala, estoy yo.
Se acerca a mí y sonríe con dientes de lobo. (Esto no es una metáfora. El sujeto tenía un lobo gris como mascota, y cuando el perro murió atragantado por un esquizofrénico delirante, mandó fabricar una dentadura postiza con sus dientes.[ Los del lobo, no los del esquizo...] )

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And again...


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