domingo, 16 de diciembre de 2007

La colina del ciprés.

Una gloriosa mañana de un día viernes, las cosas parecían finalmente estar resolviéndose para el solitario morador de la colina ciprés.
Las batallas se habían alejado y el fuego y el humo que todavía salían del horizonte oscuro de Mordor eran cada vez más escasos. Los primeros brotes de la cosecha que se habían plantado hace ya un año lentamente salían de la tierra, tímidamente anunciando que la madre naturaleza estaba dispuesta a darle una nueva oportunidad a los habitantes de la comarca.
Todo esto paseaba por la mente del único habitante de la colina ciprés.
Y a pesar del magnifico desayuno (había logrado conseguir alcaparras de Minas Thirith, y tabaco de Bree, junto con brotes tiernos de cebada de Eriador.) una sombra se asentaba en sus ojos.
Había pasado un año. Doce largos meses desde... los recuerdos se sucedían, dolorosos, implacables. El sonido de los aceros negros y sucios de los orcos, sus rugidos, y los gritos.
Durante noches y noches no podía escuchar otra cosa que los aullidos de dolor, las horribles voces que él nunca imaginó podían proferir gargantas de hobbits.
Recordó como se ocultó en las raíces torcidas del enorme ciprés que le daba nombre a sus tierras, y como había pasado horas sin respirar, temeroso que el mas pequeño ruido delatase su presencia. Ahora se daba cuenta de lo ridículo de sus temores, porque ni aunque lo hubiese querido hubiese podido hacer un ruido suficientemente fuerte como para abrirse paso entre el estruendo de la matanza... porque aquello no fue una batalla, no. ¿cómo podían compararse los fríos metales de las espadas, las pesadas armaduras y los enormes cascos de los orcos con las herramientas de arado de los hobbits?
Aún así, nadie huyó. Nadie escapó del peligro inminente, hasta las mujeres, temblando como hojas grises, empuñaron los cuchillos que sólo horas antes utilizaron para preparar la segunda cena. No, nadie había escapado. Nadie, excepto él.
Y ese recuerdo, más que cualquier otro, lo apesadumbraba. Un dolor lejano recorrió su rostro, y sus manos palparon la cicatriz que recorría su mejilla derecha. Al llegar las tropas de Rohan, que iban camino a Gondor, lo habían encontrado sangrando entre las ruinas, el único superviviente que los monstruos de Saurón habían dejado atrás. Había delirado durante días, gimiendo y retorciéndose entre las sábanas del hospital de campaña. Finalmente despertó, y a su lado había una hobbit, limpiando sus heridas con hojas frescas de arbusto silvestre. Ella le sonrió dulcemente, y mojó sus labios con agua.
Pasaron dos semanas hasta que tuvo la fuerza suficiente para poder caminar, y ella siempre estuvo a su lado. Cariñosamente le cuidaba a cada momento, le alimentaba y velaba su inquieto sueño. Hasta que una mañana, una mañana de viernes le había dado un beso. Fue la primera sensación agradable que sintió en mucho tiempo. Estuvieron juntos, compartiendo las noticias que llegaban de todos los rincones de la Tierra Media, la batalla de Helm’s Deep, la caída de la torre de Sarumán, y las batallas que se sucedían sin tregua por todas partes. Eran tiempos difíciles para ser un mediano. En realidad, para cualquier raza, pues la guerra ni siquiera había perdonado al territorio de los elfos, ni los bosques sombríos del sur. Por ello, las alianzas entre razas tan diferentes como los enanos mineros de Morgul y los bellos elfos de Rivendel eran no tanto una sorpresa como una esperanza para aquellos que no podían hacer mucho, como él. Aunque la verdadera sorpresa, esa que inesperadamente había terminado la guerra, fue una empresa tan increíble y arriesgada que nadie nunca habría pensado que un mediano hubiese podido pensar en emprender, menos aún terminar. Y cuando las torres oscuras se desplomaron y el ojo de Saurón se apagó para siempre, el héroe mas grande no fue un humano, ni un enano, ni un elfo. Los trovadores tendrían que incluir un mapa de la comarca en los gloriosos textos de la historia, pues el salvador de la Tierra Media había sido un mediano, un Hobbit como él.
Por eso su vergüenza.
Y por eso, cuando finalmente pudo regresar a su casa en la colina ciprés, lo había hecho sólo. No pudo soportar que ella lo mirase como un héroe, que tratase de compartir con él el orgullo que ese hobbit había logrado para la comarca con su increíble sacrificio, con su portentosa hazaña. Hasta que una noche, le dijo adiós, la despidió con una carta donde le explicaba el porque decidió volver sin ella a su casa en ruinas, a la colina arrasada.
Quería volver a empezar, olvidarlo todo.
Y así fue. Con esfuerzo y trabajo duro, rompiéndose las manos todos los días, levantó su casa desde los cimientos quemados, plantó uno a uno los árboles de los alrededores.
Y cuidó al ciprés, lo único que milagrosamente había resistido el abrazo del fuego, sus múltiples heridas. Cubrió con emplastos las marcas de hachas, de espadas, de dientes.
Poco a poco todo volvía a ser como antes, y hoy se cumplía un año.
Al final de esa carta, la carta que le había escrito a ella, ese era el tiempo que le pedía para volver a creer en si mismo. Y si ella le amaba, le esperaría y volvería una mañana de viernes, dentro de doce meses.
Esa era la sombra. Ese era su temor. ¿volvería a verla? ¿entendería lo que le pedía?
Recordó sus ojos al despedirse, y sus preguntas sin respuesta, las lágrimas y la boca cerrada.
Algo se derrumbo dentro de él. No, ella no volvería. Se quedaría solo, rodeado por recuerdos dolorosos y amaneceres solitarios.
Bajó la cabeza, y se dispuso a entrar en su casa.
Entonces miró por última vez la colina, y pudo ver que alguien subía, lentamente, y se dirigía hacia el ciprés.
El tabaco de Bree nunca fue tan dulce.

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(Con tu permiso)

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